Fábula de la tapa y el cliente

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Conocíamos el sitio de haber ido otras veces: especialidad en pizzas al horno de leña y cervezas alemanas, el mix perfecto para esos días en que no quieres ir al Asador Donostiarra, pero tampoco al bar que hay bajo tu casa, donde te ponen bayeta de plato del día.

Pedimos tres cervezas alemanas de medio litro, una para cada uno, a cuatro euros la pieza. No estaba mal. Probablemente pidiésemos una racionzuela detrás, y tras esto vuelta a casa por la sombra: los viernes comienza el fin-de-semana, pero ese día también es el ocaso la jornada laboral, y el cuerpo aún está ocupado en entender si uno va a copas o a bastos.

Nos sirvieron las cervezas con presteza -algo serios eso sí-, y aguardamos pacientes, como otras veces, a que nos pusieran una tapita para no beber tamaña cantidad a palo seco. Pero la tapa no llegó: se quedó mirándonos desde una larga bandeja a quince centímetros de distancia, toda digna ella y algo fría, para que negarlo.

Claro que a las 22:30 el humor es ciego, y a nosotros ya nos había entrado la risa floja del que no ha cenado. Así que muy educadamente y con vocecilla enunciamos:

     – ¿Disculpa, podrías ponernos una tapita por favor?

     – Como no quieras rollitos de la bandeja… – Dijo ella. A continuación, se dió media vuelta y dando un portazo imaginario, se desvaneció por el fondo de la barra.

free-tapas-in-spain (Copiar)No supimos interpretar si se trataba de una réplica a nuestra petición, o más bien de una nueva pregunta. ¿Acaso sería gallega? Daba igual, nuestra respuesta era un sí quiero: sí a los rollitos, a las aceitunas, o a lo que buenamente venga. Sí a tomar algo con una cerveza de medio litro por Dios!, y prometemos que a continuación pediremos un par de tapas y disfrutaremos de la calidez de las servilletas almidonadas y el olor a barra recién fregada. Pero la camarera no volvió.

Me tengo por un poco osado algunas veces – pocas la verdad – y allí me vi tentado a alargar mi mano para coger un rollito de primavera/verano, dando por hecho que su respuesta venía a decir algo como un “cógelos tú mismo”. Y con la misma rapidez mi mujer y mi amigo, que habían entendido más bien un: – “cógelos tú mismo, si te atreves“, me frenaron con la mirada.

Vaya. Aquello no estaba saliendo bien, pero siempre hay que intentarlo al menos dos veces, ¿no?: esperamos los cinco minutos de rigor, y volvimos al ataque, esta vez le preguntamos a otro camarero:

        – Perdona, ¿Una tapita nos podrías poner? A ver si cambiando el orden del verbo y el nombre en la pregunta les despistábamos. Pero ni por esas.

La respuesta fue una mala cara como si le acabásemos de decir que habíamos roto todas las copas del bar. Luego, apretando los dientes, nos miró con su lado malo y contestó:

        – Si es que a estas horas ya no se ponen tapas.

 A pesar de la estocada, se acercó a la bandeja enorme de rollitos y nos puso seis pequeñitos, dos para cada uno.

No supimos si dar las gracias o pedir perdón, que vergüenza, ¿cómo se nos ocurre quitarle los rollitos al pobre cubo de basura, que lleva todo el día esperando por las sobras?

Finalmente optamos por la tercera vía: acabar la cerveza rápidamente e irnos del bar como si nada, girar a la derecha en el primer callejón y entrar en el bar de al lado a pedir la ración que nos debíamos. Que, allí, aunque den peor calidad, al menos te tratan como una persona física.

Sé que no volveremos.  Una lástima.

El Sibarito


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